IV Jornadas de Historia, Cardenal Portocarrero 2008. Palma del Río, 24, 25 y 26 de Octubre

     Qué duda cabe que el nacionalismo es un serio problema de nuestras sociedades actuales (País Vasco, Cataluña, Galicia, Flandes, Valonia, Québec, Escocia, Kosovo, etc.), que tiene que resolverse de manera racional. Pero esta cuestión de individualista reivindicación étnico-cultural y política está mediatizada por la resolución de otros tres grandes problemas, cuales son la desaparición del Estado-Nación, la construcción de la comunidad política europea y la globalización de la economía. Ninguno de estos cuatro problemas de la sociedad actual se puede tratar aisladamente, porque su implicación recíproca es total.



     La complejidad de los problemas impide que las soluciones sean fáciles. Pero hace tiempo un buen conocedor de esta problemática envolvente, Edgar Pisani, nos ha sugerido un horizonte de trabajo, según el cual la solución está en saber conciliar la unidad del “hacer” (política y ciudadanía) con la diversidad del "ser" de los pueblos (cultura, pertenencia, historia, lengua, religión, costumbres y un largo etc. de profunda raigambre etno-histórica). Para convertir este horizonte político en una operativa organización de la sociedad actual el prestigioso sociólogo francés nos recuerda una afortunada frase de Santo Tomás, para quien la "concordia no nace de la identidad de los pensamientos, sino de la identidad de las voluntades".


    En efecto, la articulación política de aquellos cuatro niveles –el nivel territorial, en el que actúa un pujante nacionalismo; el nivel nacional, en el que el Estado-Nación fue dueño y señor durante los tres últimos siglos; el nivel supranacional de la comunidad europea, cuya construcción es de una enorme complejidad; y el nivel mundial, en el que operan económicamente las empresas multinacionales- pasa imprescindiblemente,como nos sugiere Zarka, por la diferenciación de la “nacionalidad” (el “ser” de los pueblos; el “pensamiento”) con respecto a la “ciudadanía” (el “hacer” de esos mismos pueblos, su “voluntad”). Un mismo individuo, un mismo pueblo, encierra en sí mismo una doble dimensión: la histórico-étnica y la jurídico-política. De ninguna de ellas se puede prescindir, ambas son constitutivas de cada pueblo o comunidad; pero se tienen que articular para que la concordia sea posible, para que los problemas sociales se racionalicen evitando el conflicto.Como diría Ménissier hay que afirmar la identidad étnica, pero también la identidad cívica; hay que conseguir la identidad nacional, pero también la identidad política; es necesario preservar la unidad nacional, pero también la unidad estatal. Aquellos cuatro niveles –el local de las autonomías o “naciones”, el nacional del Estado-nación, el supranacional de la comunidad europea y el mundial de la economía globalizada- se tienen que organizar políticamente de manera complementaria, de tal manera que, actuando entre sí en una acción política conjunta, respeten la inexcusable diversidad histórico-socio-cultural de cada comunidad particular.